3.8.05

DIGAMOS "BABY"

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Tío Eloy se divirtió bastante con el primer capítulo de su reportaje, y me había prometido traerme a algún amigo de su época para que continuara comentando cómo eran las empresas treinta años atrás.
El que hoy presento se llama "Baby". Es el seudónimo que eligió, dice él, porque piensa que así no quedaría tan escrachado.
- ¿Cuál fue tu experiencia en el mundo empresario?
- Fui gerente de personal en una metalúrgica multinacional.
- ¿Cómo se llegaba a tener un puesto así en tu época?
- Trabajando y demostrando cierta aptitud en el nudo de una cuestión que incluía desde sancionar gente rebelde hasta negociar con los sindicatos, desde tener buen diálogo con los que dirigían la operación hasta marchar bien en un país que no siempre andaba bien. Y si te aceptaban, después te obligaban a estudiar mucho para que tuvieras una preparación integral.
- ¿Vos hablabas bien inglés?
- No. Tuve que aprender a los golpes. Nunca me gustó. Pero dos por tres me llegaban auditores y no podía no manejar algo de inglés. Los yonis te auditaban todo, hasta la forma de ser. Y si no andaba bien, eso después se notaba en mi "bonus", que era el premio anual.
- ¿Y era importante ganar un buen bono?
- ¡Muchísimo! En el mejor momento fue un viaje por el mundo con toda mi familia en primera y un sueldo extra ¡pero en dólares!
- Digamos, entonces que tu sueldo era muy bueno.
- Claro…
- ¿Podríamos interpretar que un sueldo "tan bueno" era inversamente proporcional a "ciertas condiciones" en que se cumplía el trabajo?
- ¿Vos querés preguntarme si yo estaba "full time"orientado a cumplir condiciones de trabajo complejas?
- Sí.
- Claro que sí. Para ubicarte históricamente yo trabajé ente 1940 y 1985, cuando me jubilé. Así que fijate que me banqué los sindicatos anarquistas, el nacimiento del peronismo y sus sindicatos afines, la creación de la UOM, la caída del peronismo y las luchas de Vandor y el "peronismo sin Perón", el nacimiento y auge de la guerrilla, los infiltrados, las tres a, los golpes militares, los desaparecidos, la llegada de la democracia.
- ¡Un gran cóctel!
- Sí.
- Debés tener cientos de anécdotas.
- Me da para hacer un libro.
- Vas a tener que contar algunas aquí. Algún valor testimonial tenemos que dejar aquí.
- Te cuento una que me pasó alrededor de los cincuenta. Yo había tenido una bronquitis muy fuerte, por lo que debí faltar una semana a mi trabajo. Me estaba recuperando lentamente y había decidido empezar suave aquel lunes, volviendo a casa luego del mediodía (¡y poder tirarme en la cama!). De pronto, entró mi secretaria, pálida, a mi oficina. Cerró la puerta y quedó paralizada. "Está ahí afuera", dijo, sin poder disimular que lo que estaba pasando era –tal vez- lo más serio que hubiéramos vivido laboralmente. Intuitivamente me incorporé de mi silla y consideré que en una fracción de segundo debía intervenir en aquello que estuviera pasando ahí afuera, que todo me decía era realmente importante. Mi secretaria, Paulina, era una mujer bastante mayor que yo, cincuentona y que casi "había nacido con la empresa". Era una mujer terriblemente fiel, revestida de un austero espíritu propatronal. Más de una vez me pregunté si no tendría fantasías de poder ser la dueña del complejo: conocía a todos, y hasta se daba el lujo de tutear al presidente (hijo del fundador, pero que fue el que finalmente se la vendió a los yanquis) al que decía haber conocido el día que nació. Obligado a hacerme un cuadro de situación de lo que podía estar pasando en aquel bendito vestíbulo que antecedía a mi oficina, imaginé que quien debería estar esperando era (oh, Dios mío, no…) nada menos que… Así que Paulina se acercó a mi oído y lo dijo con todas las letras, confirmándolo: "ahí afuera está la Perona". Sólo recuerdo que salté hasta la puerta. En los sillones del vestíbulo tomaban café los tres delegados sindicales, y en el centro muy pálida y ojerosa, muy elegante, estaba la mujer del presidente…
- ¿Vos te referís a Isabel Perón?
- ¡Pero no, hijo! ¡Eso fue mucho después! ¡Más de dos décadas después! La que estaba ahí afuera, esperándome, era Evita. Y a esa mujer nadie podía hacerla esperar. Así que salí, la saludé, y le dije que estaba a su disposición.
- ¿Qué quería?
- Ella, en persona, recorría las fábricas porque quería ver cómo tratábamos a "sus grasitas", oir de sus propias bocas acerca de cómo los tratábamos.
- ¿Y te pescó en algo?
- Por suerte, no. Teníamos buena relación con los delegados, y se nota que ellos nos dieron una mano. Se fue contenta. Aquella jornada me llevé tal julepe que recién al otro día me acordé que había tenido bronquitis. Mi mujer decía que los que decían que Evita era una santa debían tener razón, porque a mí me había curado de un saque, sólo con verla.
- ¿Cómo era el sindicalismo argentino con el que te tocó tratar?
- El sindicalismo argentino fue un invento de Perón. Todo lo que hubo antes habían sido sólo intentos vanos por crear movimientos obreros. El fundamento, la razón de ser y el marco legal nació de la mano de Perón, y así creció.
- Pero más que lo teórico, quiero que me cuentes tu experiencia concreta.
- Es un sindicalismo peleador, pero con buen sentido de la negociación más que con una estrategia guerrera. A diferencia de los socialistas, que ven al patrón como enemigo político al cual hay que ganarle trancos de poder hasta lograr el poder final y total, el peronismo tiene capacidad negociadora muy positiva para ambas partes. Sabe lograr beneficios reales y concretos en lapsos inmediatos. Es como que sabe que la política global la hace otro (el líder político).
- ¿Vos pensás que más que un enemigo es –digamos- como un socio?
- No se si llamarlo socio, dándole un rol tan "funcionalista", pero sí podría definírtelo –como le gustaría a la teoría japonesa- como "otro proveedor". Desde ese otro punto de vista inclusive la negociación se hace más provechosa.
- ¿Nunca te tocaron sindicalistas más duros?
- Algunos delegados de base, en algún momento. Nada demasiado trascendente. Los metalúrgicos en Argentina son un bloque bastante coherente, sólido…
- Tío Eloy estuvo contándonos historias de ejecutivos coimeros. Relatanos tu experiencia.
- Yo nunca coimée.
- Pero seguro que alguna vez habrás tenido que echar a alguno
- Uh… muchísimos… Tengo una anécdota. Después de una prolongada auditoría muy buena y muy completa, pudimos reunir todas las pruebas que nos permitieron detectar cómo estaba organizada una red, comandada por el mismísimo Gerente de Compras. En una reunión de Directorio a la que fue citado urgente, una noche, se había decidido –nada menos- que despedir de inmediato a todos los integrantes del Departamento de Compras ¡incluyendo al cadete y la secretaria! Eran dieciséis personas, a las cuales aquella misma noche se les envió el telegrama de despido y en todos los puestos de vigilancia de la compañía se les prohibía definitivamente la entrada. En la empresa existía la desdichada coincidencia que el Gerente General. Doctor (José) García se llamaba igual que el Gerente de Compras, Doctor (Eduardo) García, así que ya se imaginarán la historia: cuando a la mañana llego a la empresa, me encuentro al Jefe de Vigilancia discutiendo acaloradamente con el Gerente General, al que le prohibía entrar. ¿Qué había pasado? Muy sencillo: cuando yo le dije al Jefe de Vigilancia que el Directorio había echado al Dr. García yo pensaba en el coimero ¡pero el Jefe de Vigilancia pensaba en el Gerente General! Cuando me pidió aclaración y me dijo algo así como "pero cómo no voy a dejar entrar al Dr. García", yo me puse muy firme y le aseguré "pues es precisamente a él a quien no debe dejar entrar porque es un coimero y lo echamos". El Dr. García no sólo se encontró que era confundido con quién él mismo estaba orgulloso de haber echado, sino que lo acusaban de coimero a los gritos, en medio de un vecindario alterado. Está de más aclarar que al Jefe de Vigilancia lo tuve que sacar un tiempo después… el Dr. García lo odiaba y no podía frenar, diariamente, sus ganas de trompearlo… Hay que ubicarse en aquella época: antes la acusación de coimero era algo tan grave como ofensivo…
- ¿Vos sugerís que hoy ya no?
- (Sonríe socarrón, parece querer decir que sí pero no) No es fácil de explicar, tal vez, lo que quiero decir. Es que lo difícil en sí es la Ética misma. Hay vigente una permanente doble moral, esa del que "hagan lo que yo digo pero no lo que hago". El coimear es muy sencillo porque no hay nadie que quiera venderle algo a una empresa que no tenga ya calculado un plus (que agrega fácilmente al precio de venta) para hacer "participar" al que lo deja entrar a un negocio. Si el invitado acepta, se lo da. Si no, se lo queda.
- ¿Y es siempre así?
- Me da la impresión que sí. Es decir: si no llegara a ser así, el vendedor lo convierte en los famosos "regalos empresarios" que han sabido ser fastuosos y que tratan de asegurar la "fidelidad" de un comprador.
- Así planteado no pareciera ser tan poco ético.
- Lo poco ético es el vínculo, la dependencia o el plus que se agrega al precio. Esto es sobre lo que tratan de operar las grandes multinacionales, que no te dejan recibir "regalos" mayores a un mínimo ridículo, de diez o veinte dólares, o no trabar vínculos amistosos con los proveedores, o no transformar en proveedores a amigos o parientes. De todas maneras, esto es bastante paradójico. Por buena relación comercial, en general tus proveedores terminan siendo muy buenos amigos. Para entonces ¿qué habría que hacer? ¿cortar la relación comercial o la amistad, o ambas?
- ¿A vos te han hecho esos "regalos empresarios"?
- Durante mucho tiempo yo no veía muy mal que a mí y a mi gente nos hicieran regalos al llegar fin de año. ¿A quién no le gusta recibirlos? Nunca pensé que con eso me obligaban a seguir comprando determinado producto. El mejor regalo que recibí fue una semana en Punta del Este para toda la familia con todos los gastos incluidos.
- ¿Y cuándo te diste cuenta que eso podía no estar tan bien?
- Es que un día vinieron unos abogados de la Casa Matriz y nos dijeron que a partir de ese momento iba a estar prohibido aceptar regalos personales de más de 15 dólares. Que el concepto corporativo que quedaba impuesto era que los regalos mayores se consideraban formas veladas de comisión.
- Y tu propia empresa, ¿necesitaba vender pagando comisiones?
- Todos pagan comisiones, participaciones, regalías y otras yerbas. En la industria de la construcción, por ejemplo, es muy común que debas "alentar" a arquitectos e ingenieros para que usen tus productos. Cuanto más aliento distribuís, más se cumplen los objetivos de venta.
- ¿Qué recuerdo bueno tenés de tu época de ejecutivo, en la época en que había todo un culto al poder que tenían?
- Pocos. Por entonces yo viví muchas cosas que me hacían sentir ciertamente bastante poderoso. Aunque hoy pienso que era un esclavo de obligaciones bastante encadenantes. Desde cómo tenía que vestirme, hacer, decir y hasta vivir. ¡Y ni hablar de lo que debía pensar, hablar o hacer. Todo lo tenía medianamente regulado. ¡Y no te cuento lo que eran las vinculaciones!
- ¿A qué te referís, exactamente?
- Por ser gerente de personal, yo era apoderado y representante externo de la empresa en unas cuantas organizaciones: la Unión Industrial, las Cámaras y hasta la Cooperadora Policial. Todo aquello era un circo. En una de las cámaras se reunía una élite de viejos figurones que llegaban en sus trajes de Armani sobre sus autos importados, blandiendo sus Mont Blanc, sus enormes primerizos celulares, sus cartapacios repletos de documentos leguleyos… Solían citar muchas veces a reunión cuando no tenían aparente urgencia, y un día me enteré que los viejitos, como en las historietas, usaban las reuniones como coartada para salir con putas finas que los venían a buscar… Los idiotas perdíamos tiempo para que la vida corporativa tapara los verdaderos negocios de estos crápulas…
- Cuentan que allá por los sesenta, de la mano de Timmermann y Landrú nació el cultivo del fervor a la cultura de los ejecutivos.
- Fue un boom bien explotado, y dirigido. Recuerdo un programa de radio que aconsejaba cómo elegir encendedores de marca, o cómo elegir vinos. La misma pavada que existe hoy, tal vez más extendida.
- ¿El tener que hacer "lo que debía hacer un ejecutivo" era lo que vos llamabas "tu esclavitud"?
- Pasa un poco por ahí, sí. Pero no te creas que siempre. Cuando me comía un pancho por la calle nunca se me ocurría pensar que me debería ocultar porque estaba mal. Pero aquella eran épocas en las que claramente el jefe era el jefe y no sabía hacer cosas de empleado. Toda mi vida las cartas las escribió mi secretaria, eso estaba claro para ella y para mí.
- ¿Y percibís que eso es hoy muy distinto?
- ¡Totalmente! Antes de irme, unos cuantos años atrás, tuve que introducir en Argentina al nuevo Gerente que me iba a reemplazar y que lo mandaba la corporación. Era un "yuppie" graduado en el MIT. En mi primer encuentro con él le pedí que me trazara el perfil de "cómo quería que fuera su secretaria", para elegírsela personalmente y a la exacta medida de sus necesidades. Para mi asombro, se negó totalmente a tener secretaria. Me aseguró que el se bastaba solo para hacer cartas, agenda y atender sus llamadas telefónicas. Cuando lo ví en acción, me dí cuenta la distancia que había entre él y yo. Es que había cambiado bastante el "ser gerente", y lo que habrían cambiado las organizaciones sin haberme yo dado cuenta.
-¿Vos creés que antes era mejor o peor?
- Distinto… pero sí… peor… Nuestra formación era bastante deficitaria. Es que ser gerente era saber mandar a hacer las cosas. Y a nosotros, los funcionarios de las grandes corporaciones, nos obligaban a capacitar y capacitarnos, lo que nos obligaba en cierta formas a modernizarnos, a poner la cabeza en una parte mejor, como dicen los americanos a "open the minds". Yo creo que pertenezco a la última camada de los gerentes "de antes", hoy la gente llega de las universidades "más avivadas".
-¿Cuántos años hace que te jubilaste?
- Poco más de diez.
- ¿Te shockeó el dejar de trabajar?
- Ni ahí. Fue lo mejor que me pasó en la vida porque siempre había sentido el trabajo como una pesada carga. Me pesaron las responsabilidades, que siempre pensé que eran en serio. Es que para ser buen ejecutivo hay que ser bastante obsesivo, y yo tengo poco de eso.

1 Comments:

At 9:12 a. m., Blogger Chun said...

Muy interesante! Buen reportaje!

 

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