3.5.05

SOLTERO CON HIJO

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¿Sueño hermoso o pesadilla urbana? Mi mujer me abandona con mi futuro hijo a cuestas. Dice que no me quiere y que ahora vive con otro hombre.


Claro: a lo mejor a los que alguna vez les pasó siquiera algo ligeramente parecido me podrían entender. Uno se levanta a la mañana, como todos los días, planifica tomar un tecito con la tía, y de pronto se entera que ha cambiado su rol en esta tierra. Y uno va camino de ser padre. ¿No es patético?
Yo pensé toda mi vida en algo más tradicional, ya saben: me enamoro, nos vamos a vivir juntos, ambos decidimos tener un bebé y luego paso a ser padre. Ahora: enterarme de la cuestión por medio de un llamado en el celular no es chiste.
Desde el momento en que Carolina me lo comunicó hasta que nos encontramos, mi cabeza me taladró de preguntas, miedos, fobia y ataques de pánico. Porque las preguntas giraban, básicamente, alrededor de dos núcleos básicos de interrogación: ¿qué querrá ella? y ¿qué quiero en realidad yo?
Porque ¿quiero ser padre? Aunque, en estas circunstancias ¿qué sería, exactamente, ser padre?
En una suma de nerviosismo, ansiedad y miedo, llegué al bar que usualmente fue nuestro punto de encuentro durante nuestra relación, frente a la Facultad de Ciencias Económicas. Cuando vi de nuevo a Carolina me quise caer de culo: estaba más linda que nunca, radiante, bellísima.
Y fue todo más sencillo de lo que yo mismo pensaba: me contó que ahora tenía un novio y que todo había sucedido de una manera impensada.
- No entiendo -le dije- ¿impensado lo del novio o lo del embarazo?
- Lo del novio, claro... -se sonrojó-
- ¿Pero cuándo lo conociste?
- El año pasado, es Hernán ¿te acordás?
¡Hernán! Déjenme que les cuente: este tipo es un muchacho casado, con hijos. Su mujer tiene una esquizofrenia agravada. Un año atrás se conocieron con Carolina y comenzaron a salir. Cuando se enteró de la situación, Caro planteó que no seguiría si no se divorciaba. Pero aquello era mucho para él, y cortaron la relación. Al poco tiempo me conoció a mí, unos meses después se vino a vivir a casa.
Ahora me cuenta que él volvió a aparecer y le dijo que se había separado. Le prometió casarse, en cuanto arreglara un poco la cuestión de la internación definitiva de su mujer y la tenencia de los chicos.
Carolina me confesó que Hernán era su verdadero gran amor, y sobre este punto preferí no seguir hablando. Parece que ahora el centro de la escena "se nos había corrido un poco" al lugar de -nada menos- un hijo en común.
Nunca pensé en que iba a vivir una situación así. La compararía con la del tipo que simplemente quería viajar en un avión, y no sentir que se está viniendo en picada con un motor incendiándose.
- ¿Qué pensás del embarazo? -me dijo Caro, ahora muy nerviosa.
- Que me encantaría que se diera en otro contexto: con vos en casa y preparándonos para vivir juntos el acontecimiento.
- Sí, me doy cuenta que mucho no me vas a poder ayudar, entonces...
- ¿Qué? ¿Vas a abortar?
- No, no es por eso. Quiero tener a mi hijo tal como venga. Y quiero que no salgan heridos ni vos ni Hernán.
- Ah!, pero mirá que generosa, como nos protegés! -dije, un tantico fuera de mí ya.
Y ahí terminó, tan opacamente, este infértil diálogo, tan plagado de conclusiones desgraciadas para mí: no voy a ver nacer ni crecer día a día a mi hijo, he perdido definitivamente a mi mujer en manos de un rival y en el futuro voy a tener que encontrarme con esta pareja feliz cada vez que pretenda reunirme con mi hijo. Para completar la tortura, me faltaría enterarme que diariamente me van a pegar con un martillo en el dedo meñique del pie.
De a poco fui reconstruyendo en mi cabeza la experiencia vivida con Carolina. Siempre la había sentido como ausente, esquiva, no completa. Ahora me preguntaba qué habría vivido realmente conmigo, cuáles eran sus verdaderos sentimientos. La lógica me llevaba a conclusiones poco felices: había sido para ella una especie de "estación", una sala de espera detrás de la cual latía el regreso del que la tenía sentimentalmente tan atrapada.
Me preguntaba qué papel tenía ya nuestro hijo en esta trama tan compleja. Y, sobre todo, cuál era el real sentimiento de Carolina frente a él o ella.
Pero ahora me quedaba un papel difícil, inesperado, y que sentía como ridículo: contarle a mis amigos y a mi familia que voy a ser padre.
- ¿Cuándo va a nacer mi nuevo nieto? -pretendió con justicia mamá Marita.
- Y... no se.
¡No lo sabía porque no lo pregunté! Imaginé que en unos siete meses...
- Perdonáme, no te ofendas, pero ¿cómo sabés que no es del otro? -me preguntó mi amigo Luciano, padre él también luego que resolvió su menjunje personal al reconocer a su hija a tiempo.
¿Debería hacer un ADN luego de que nazca? -imaginé.
- ¡No me digas que todavía la querés a esa cogotuda -me dijo una ofuscada Tía María, que venía llenándola de puteadas desde que se enteró cada unas de las instancias de mi separación.
Debo reconocer que estoy pasando mil y unas. La situación me supera. Mi posición real me cuesta entenderla, asumirla, superarla.
Después de postear esto, voy a llamar a papá y le voy a ofrecer encontrarnos. Él siempre ensaya una posición zen frente a situaciones tan irritantes. Ojalá pueda también hacerlo ahora que se va a enterar que va a ser abuelo en circunstancias tan oscuras.